Nos mudamos a una casa de muertos. Por todos lados hay cosas que otros nos han dejado, restos de la vida que vivieron y de la que no llegaron a vivir. Había roperos que no habíamos elegido, y dentro de los roperos, ropa que no era nuestra. Los cajones rebalsaban de papeles viejos; en su mayoría eran recordatorios de citas, números de teléfono que ahora no responderá nadie, sobres de azúcar robados después de algún café en el centro, tarjetas de negocios que vaya a saber si existen todavía. No faltaba en el fondo de alguna cartera la ocasional pastilla de Sertal que no curó ninguna indigestión. Hay también las cartas de gente que nunca conocí, escritas en italiano. A través de la caligrafía titubeante y de un idioma y una vida que me cuestan conocer, se perciben las confesiones de una mujer a veces cansada, y otras, desalentada, confiadas a alguien al otro lado del Atlántico. Hay —también— las fotos en blanco y negro de tantos parientes que para siempre cayeron en el olvido cuando murió mi tía, muy posiblemente la última persona capaz de contarme quiénes eran. Miro en los cartones polvorientos alguna escena rural, acaso en Italia, o una excursión afortunada en la que la foto es todo menos una improvisación; los protagonistas son parientes míos y lo sé únicamente porque sus fotos están en casa; en sus rostros me cuesta encontrar algún gesto o rasgo que compartamos. Las generaciones entre nosotros han borroneado con el tiempo los recuerdos y también las facciones.
II
Nos mudamos a una casa de muertos. Para la época en que mi mamá nació, ya casi todos en la familia estaban viejos o envejecidos, que para una nena es lo mismo. Otros, más adelantados, ya habían fallecido. Esta casa, con todos sus achaques de casa añosa y sus historias de parientes desconocidos, es uno de mis lugares en el mundo; la conocí toda la vida.
En la pieza donde dormimos, agonizó sin morir mi abuela. Una de las últimas veces que la visité, después de mucho tiempo de no venir, me preguntó si ya estaba en la universidad, si ya estaba cursando en el CBC, que por entonces estaba enfrente. Yo tenía 15 años y era claro que en el delirio de su postración el tiempo se había confundido. Lejos de su casa, murió en un hospital gris del conurbano, adonde la había arrastrado un PAMI desastroso e inhumano. En esta casa también se empezó a morir mi tía, acaso en la tristeza de una soledad que no supimos entender y que llegamos tarde para revertir.
En el verano, los árboles crecen en el baldío contiguo y se multiplican sus hojas verdes, entre un laberinto de ramas que acarician en el viento las paredes calientes. Por la noche, las luces de los autos de la avenida rebotan en el techo y dibujan paisajes y formas fantasmagóricas que se animan en la antesala del sueño. Todo el día, todo el año, zumban los motores en el asfalto incesante, se descuelgan de la autopista cercana los quejidos fatigados de los camiones que después de trepar una rampa, se pierden sobre el horizonte.
A veces creo que la casa también se quiso dejar morir. Se había tornado oscura. Los vidrios se empañaron y el aire era denso, espeso y envilecido y caía sobre todas las cosas con una pátina de polvo que no dejaba espejo sin empañar ni mueble sin abrazar. Pero esta no es más una casa de muertos, y a medida que la luz entra en unas paredes limpias, el polvo cede. Los muebles se van, y con ellos las ropas de los muertos a quienes nunca nos llegamos a presentar juntos. Seremos quienes vayamos a ser. Somos tus nuevos inquilinos.
Creo que la casa lo empieza a entender.
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